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Por qué Congo es el escenario de pesadilla para una epidemia de ébola

Héctor Alonso

Héctor Alonso

@hdelosrios2

En estos momentos el personal de salud de la República Democrática del Congo, asesorado por miembros de la Organización Mundial de la Salud, se prepara para vacunar a los primeros congoleños con una vacuna experimental contra el Ébola. La vacuna, creada por una institución pública, el Laboratorio de Microbiología Nacional de Canadá, fue cedida a Merck para su desarrollo y fabricación. En esta primera fase se han enviado 4.000 dosis de la vacuna rVSV-ZEBOV, que fue probada con éxito en Guinea Conakri tras la epidemia que devastó Sierra Leona y Liberia en 2014.

Aunque a diferencia de lo que sucedió en la epidemia de 2014, que infectó a más de 30.000 personas y mató a más de 11.000, ahora se cuenta con una vacuna y hay capacidad para fabricar miles de dosis, sin embargo el escenario de la reaparición de la enfermedad, la República Democrática del Congo, es el peor posible.

Veamos por qué:

La República Democrática del Congo (RDC) es un país gigantesco y mal comunicado, con selvas impenetrables y distancias enormes: tiene la extensión de España, Francia, Portugal, Italia, Alemania, Polonia y Benelux juntos.

Carece de lo que el antropólogo Paul Farmer llama “las cuatro S” y que en otro lugar permitiría controlar una epidemia:

  • “Staff” (personal médico suficiente, capacitado y bien pagado)
  • “Stuff” (material apropiado para contener una epidemia: mascarillas, guantes, aparatos de diagnóstico, material de laboratorio)
  • “System” (un Sistema de Salud moderno, con ambulancias y suministro regular de electricidad)
  • “Space” (hospitales, clínicas, centros de aislamiento apropiados)

Pues bien, la República Democrática del Congo carece de todo eso: no hay médicos ni personal cualificado suficiente (“staff”) y la corrupción gigantesca y el caos en el que vive el país no ha logrado garantizar sueldos suficientes ni formación al escaso personal de salud.

Tampoco hay “stuff”. Los hospitales y clínicas no están dotados del material necesario para atender una epidemia en el caso de que se produzca. De hecho, la RDC es el país del mundo con mayor prevalencia de enfermedades infecciosas: oncocercosis o ceguera de los ríos (el 90 por ciento de los casos del mundo), fiebre amarilla, polio, cólera… además de altísimas prevalencias de tuberculosis, malaria, etc.

En cuanto al “system”, según la Organización Mundial de la Salud, la RDC es uno de los países “peor dotados del mundo” en cuanto a su sistema de salud. Ni siquiera la electricidad está garantizada, lo que supone graves problemas logísticos para las campañas de vacunación. En el caso de la vacuna contra el ébola, ésta debe mantenerse a muy baja temperatura, algo que será un reto vital si la epidemia se desata. Por no haber, no hay siquiera suficientes generadores para garantizar el suministro constante de energía.

Y por último, “space”: los hospitales y clínicas a menudo carecen de suministro eléctrico, carecen de material médico, personal y desde luego, áreas de aislamiento fundamentales para controlar a los enfermos de ébola. Ni siquiera hay zonas de aislamiento menos rigurosas como las que se utilizan para aislar a los enfermos de tuberculosis.

En términos de desarrollo, la RDC ocupa uno de las últimas posiciones del mundo (176 en Índice de Desarrollo Humano de 188 países).

El escenario ha cambiado

Desde la epidemia de ébola de 2014 en la RDC se han producido varios brotes de la enfermedad. Sin embargo hasta el brote actual, éstos se habían producido en lugares aislados y remotos y terminaban con cierta rapidez cuando el virus ya había matado a las personas a las que había infectado. El brote actual ha hecho que la Organización Mundial de la Salud eleve el riesgo hasta “muy alto”. ¿Qué significa riesgo muy alto? Quiere decir que se está en “riesgo de aumento exponencial de los casos”. La razón es que ya han enfermado -y muerto- personas por primera vez desde la epidemia de 2014, en una gran ciudad, Mbandaka, con más de millón y medio de habitantes.

En un entorno urbano los contactos entre personas enfermas y sanas se multiplican, hasta tejer una red cada vez mayor que hay que identificar, localizar, aislar y tratar.

Otro hecho preocupante del brote en Mbandaka es que ésta es una ciudad ribereña del río Congo, una auténtica autopista fluvial que comunica con la capital, Kinshasa, y que sirve de vía de comunicación y transporte de mercancías y personas muy difícil de controlar. El peor escenario posible sería la llegada del virus a Kinshasa, una megalópolis (la tercera ciudad más grande de África) de más de once millones de habitantes, la mayoría de los cuales vive en inmensas favelas que no cuentan, siquiera, con sistema de alcantarillado ni acceso a servicios de salud o agua potable.

Otra preocupación es la extensión del virus fuera del país. Kinshasa está separada de la República de Congo por el río. Sólo hay que atravesarlo para llegar a Brazzaville, su capital, que tiene más de dos millones de habitantes.

En cuanto a la situación política del país, la RDC se encuentra sumida en un conflicto interno por la negativa del presidente Kabila a entregar el poder una vez finalizado el período máximo para la presidencia que marca la Constitución, lo que ha provocado disturbios, violaciones de derechos humanos (asesinato de opositores) y la aparición de grupos armados en varias regiones del país. De hecho, el gobierno carece del control efectivo de grandes áreas del país, lo que dificultaría el control de una epidemia si ésta se extendiera por otras zonas del territorio.

Como hemos podido ver, la República Democrática del Congo es uno de los peores países de la Tierra para vivir. La desestructuración social, la enorme extensión del territorio, la violencia asentada y endémica, la corrupción, la falta de recursos e inversiones en sistemas de salud o estructuras sociales, hacen que sea un escenario de pesadilla si este brote de Ébola llega a convertirse en una epidemia. Sólo queda esperar a que la campaña de vacunación logre contener el brote. Y después la comunidad internacional tendrá que reflexionar y comenzar a trabajar para mejorar la resiliencia de los países menos desarrollados para evitar que cada poco tiempo el mundo se enfrente a un riesgo como el que ahora estamos corriendo.

 

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