No es Greta, eres tú

Héctor Alonso

Greta Thunberg, una niña sueca de dieciséis años, se ha convertido en la estrella mediática de la Cumbre sobre la Acción Climática que comenzó a celebrarse ayer en Nueva York, cuyo objetivo es acelerar la toma de decisiones adoptada por el Acuerdo de París Sobre el Cambio Climático. En el Acuerdo los países firmantes -Estados Unidos se retiró en 2017- se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Se trata de una carrera contra-reloj en la que lo único que podemos hacer a estas alturas es mitigar los efectos del cambio climático que ya se están produciendo: las sequías desastrosas y prolongadas, como la que sufren los países del Cuerno de África o del Sahel, o los ciclones destructivos que han arrasado Mozambique (dos seguidos que han producido tantos daños económicos como los que hubieran provocado en Estados Unidos 27 huracanes Katrina) son consecuencia directa del cambio climático, como los huracanes cada vez más violentos que destruyen las islas del Caribe. También el desplazamiento hacia otras zonas de enfermedades endémicas como la malaria es consecuencia del cambio climático.

La revista Global and Planetary Change publicó en mayo de este año que el principal factor para el desplazamiento mundial de población es el cambio climático más que los factores políticos o económicos. Según el Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos, más de 17 millones de desplazamientos (familias que abandonan su hogar) en 2018 estuvieron relacionados con eventos provocados por el cambio climático, como desastres naturales. El Banco Mundial ha calculado que en los próximos 30 años más de 140 millones de personas se verán expulsadas de sus hogares como consecuencia del cambio climático: pérdida de cosechas y rebaños, escasez de agua potable y conflictos relacionados o provocados por las catástrofes o la sequía. 

«Ustedes me han robado mi infancia y aún así yo soy una de las afortunadas. La gente está sufriendo y muriéndose y ustedes solo pueden hablar de dinero», aseguró ayer , no sin razón, Greta, la niña activista sueca. Greta está sirviendo para poner en el foco una cuestión que sin ella no tendría tanta repercusión. También para concienciar a los jóvenes para que exijan cambiar las reglas del juego. Ellos sufrirán las consecuencias del cambio climático y ellos tendrán que ser los encargados de gestionar el futuro.

Las críticas a Greta son tantas como los elogios: peón del eco-capitalismo -hay alguna foto trucada de ella posando con Soros-, manipulada por sus padres para lograr dinero o notoriedad, etc. No ayuda el hecho de que decidiera viajar hasta Nueva York en un velero capitaneado por un miembro de la jet set más pija de Europa como Pierre Casiraghi, que se declara ecologista pero entre regata y regata dirige una constructora y una empresa de helicópteros. 

Greta es la figura mediática del ecologismo del momento, como lo fue en su día Al Gore, ex vicepresidente de Estados Unidos y autor de Una verdad incómoda, un libro sobre el cambio climático que sirvió para realizar el documental del mismo título que triunfó en varios festivales. A Gore le dieron el Nobel de la Paz por su activismo, pero también cosechó críticas: hizo una gira presentando libro y película por todo el mundo viajando en un jet privado que no contribuía, precisamente, a la reducción de las emisiones de carbono. También cobraba elevados emolumentos por sus charlas. 

Greta y Gore están ahora relacionados. Unas de las organizaciones que apoyan a la niña sueca es Climate Reality, la organización de Gore. El ex vicepresidente estadounidense, por otra parte, tiene un pasado oscuro en un tema tan serio como el VIH: cuando era el segundo de Clinton amenazó a Suráfrica con sanciones diplomáticas y económicas si ese país mantenía su intención de fabricar medicamentos genéricos contra el SIDA. En 1999 los medicamentos existentes eran muy caros y muchos países no contaban con los recursos suficientes para proporcionárselos a sus enfermos, como sucedía en la mayoría de países africanos. En aquella ocasión Gore salió en defensa no del débil, sino de las poderosas farmacéuticas norteamericanas, sin importarle demasiado las consecuencias de su decisión. Es natural que su ecologismo suscite dudas.

Gore representa para muchos la cara amable del eco-capitalismo. En toda crisis hay oportunidad de ganar dinero, y el cambio climático es una excelente manera de hacerlo: las compañías generadoras de energía, del automóvil, del reciclaje o los lobbies por la energía nuclear están viendo negocio y haciendo negocio. Las ciudades se llenan de coches, motos y patinetes eléctricos compartidos. Una forma ecológica de moverse. O no: ni los coches eléctricos ni los patinetes serán ecológicos en tanto su fabricación y recarga no sean sostenibles. Solo están trasladando la emisión de GEI de un lugar a otro, puesto que la generación de la energía necesaria para su fabricación y recarga sigue dependiendo, mayoritariamente, de fuentes no sostenibles. 

Greta acusó durante su intervención en Nueva York a los líderes mundiales de no hacer nada, lo que tampoco es cierto del todo. Algo están haciendo, aunque no lo suficiente. La ONG Oxfam presentó en vísperas de la Cumbre sobre Acción Climática un informe en el que se concluye que las promesas financieras de las naciones más ricas para ayudar a los países pobres a adaptarse al impacto del cambio climático son insuficientes: los 48 países menos desarrollados del mundo reciben tan solo entre 2.400 y 3.400 millones de dólares al año en fondos reales para adaptarse al cambio climático, lo que equivale a tres dólares por persona y año. Y gran parte de ese dinero es en forma de préstamo que tiene que devolverse. Lo sangrante es que son esos países los que más están sufriendo las consecuencias del cambio climático a pesar de no haber contribuido apenas al mismo y tienen que endeudarse para combatir solo parcialmente los daños que están sufriendo.

Greta sí, o Greta no, no es la cuestión. Mientras el foco se centra en la niña sueca nos estamos olvidando de hacernos la única pregunta importante: ¿estamos dispuestos a hacer todo lo necesario para evitar que el mundo sea inhabitable dentro de cincuenta años?

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