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Historia de un refugio

Virginia Linde. Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología. Posgrado en Acción Humanitaria

Tiempo de efemérides. En este invierno hemos celebrado el 30 aniversario de la caída del muro, y en la próxima primavera el decimoquinto de la mayor ampliación de la UE. El 1 de mayo de 2004 se incorporaron a la Unión los países del telón de acero consumando con este gesto una reunificación pendiente desde la Segunda Guerra Mundial. En estos quince años hemos asistido con cierta incredulidad al ascenso de una ultraderecha que parapetada tras la paranoia antiinmigración, la islamofobia, la crisis del euro, el machismo y el rechazo al refugiado ha encontrado uno de sus mejores baluartes en éstas democracias del este.

El pasado 30 de octubre la abogada general de la Corte Europea Eleanor Sharpston propuso condenar a tres de estos países (Hungría, Polonia y República Checa) por incumplir con sus obligaciones humanitarias al negarse a acoger a refugiados durante la crisis migratoria del verano del 2015. En aquellos meses la UE decretó el reparto de 160.000 demandantes de asilo entre los países de la Unión para aliviar la presión que estaban soportando Grecia e Italia. El sistema de cuotas fue un completo fracaso (solo se reubicaron 35.000 personas) y ni uno de los tres países demandados  consintió acoger a un solo refugiado bajo el argumento de que las cuotas ponían en peligro el mantenimiento del orden público y la salvaguarda de su soberanía nacional. Para el recuerdo quedarán las brutales imágenes del maltrato ejercido hacia los refugiados en el paso de la ruta serbohúngara y las bravatas lanzadas por sus líderes nacionales justificando el cierre de fronteras.

En el dictamen, Sharpston destaca que habría sido perfectamente compatible para los tres miembros demandados preservar su seguridad y cumplir con la legalidad de la unión y los imperativos humanitarios: el interés legítimo de los Estados miembros en preservar su cohesión social y cultural puede defenderse eficazmente por otros medios menos restrictivos que la negativa unilateral y absoluta a cumplir con sus obligaciones derivadas del derecho de la unión, los gobiernos de la UE deben respetar en todo momento el deber de cooperación y el principio de solidaridad.

El dictamen, que sin ser vinculante suele ser tenido en cuenta en un 80 por ciento de las sentencias, podría ayudar a desatascar la actual política de asilo de la unión pero no así la postura de Hungría, Polonia o República Checa, que inmersos en una llamada contrarevolución cultural defienden la vuelta de Europa a un idealizado  pasado común cristiano.»Europa está siendo invadida», claman contra Bruselas. «El estado multicultural diluirá nuestra esencia blanca y cristiana». Pero la ironía, natural acompañante del relato histórico, nunca termina en Europa y lo que se esconde tras el blindaje de fronteras no es ni más ni menos que el desprecio a un derecho humanitario reformado y adaptado en noviembre de 1956 para proteger a los 200.000 ciudadanos húngaros que huyeron de la peor crisis de refugiados experimentada por Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Acompáñenme a una breve clase de historia de las instituciones internacionales y el derecho humanitario antes de conocer los estragos y el impacto de ésta vieja revolución olvidada. 

Los campos de refugiados

Entre los años 1943 y 1947, en la inmediata posguerra, tuvimos a la UNRRA (Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción). Creada teóricamente para atender a los desplazados y apoyar en las labores de reconstrucción, se dedicó en exclusiva a repatriar. Solo en Europa occidental llegó a gestionar 762 campos de refugiados habitados en su mayor parte por desplazados que ansiaban regresar a sus países de origen, salvo por los dos millones de rusos que se resistían a volver al régimen de Stalin. Ante ésta situación Estados Unidos corta el suministro (aportaba el 70% de la financiación) y presiona para que se cree un organismo que no se limite a repatriar y que sí respete el derecho a elegir donde se quiere vivir. 

El bloqueo de Estados Unidos surte efecto y en 1947 toma el relevo un nuevo programa llamado OIR (organización Internacional de Refugiados) en cuya resolución queda establecido que «no se hará regresar a su país de origen a ningún refugiado o persona desplazada que exprese razones válidas en contra de dicho regreso». El bloque comunista argumenta que tras el altruista interés por los derechos humanos y las libertades civiles que defiende USA a través de la OIR se esconde la necesidad de proveer de mano de obra a países poblacionalmente deficitarios.

La OIR desaparecerá en 1951 tras repatriar a 73.000 personas y reubicar a más de un millón entre Canadá, Estados Unidos, Israel y Australia. Pero el problema de los refugiados no termina con el fin del programa ni la falta de acuerdo para abordar una salida digna al más de un millón de solicitantes de asilo que todavía deambulan por Europa. 

La creación de ACNUR

Con el bloque comunista boicoteando todas las propuestas, Estados Unidos buscando una solución temporal que se limite a los excluidos de la OIR y el borde occidental del telón de acero reivindicando la creación de un organismo fuerte y permanente, asistimos el 14 de diciembre de 1950 en la ciudad de Ginebra al tortuoso y para nada esperanzador nacimiento de ACNUR (Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) que con un mandato inicial de tres años tendrá carácter apolítico, neutral, humanitario y social. 

El core de su trabajo residirá en la aplicación de su estatuto, que definirá al refugiado como «la persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opiniones políticas se encuentre fuera de su país de origen y no pueda acogerse a su protección». Sin embargo la aplicación del estatuto tendrá una limitación importante: solo se beneficiarán quienes se conviertan en refugiados como consecuencia de acontecimientos ocurridos con anterioridad a 1951.

Sin presupuesto propio ni autoridad para solicitar fondos a los miembros de la ONU el ACNUR de sus inicios es un organismo débil y deficitario que sobrevive  gracias al apoyo de asociaciones de voluntarios y sobre todo a las aportaciones privadas, como la de la  fundación Ford,  que en 1951 donará tres millones de dólares con los que se pondrá en marcha el primer programa de integración local europea para los refugiados no repatriados. 

Budapest

En febrero de 1956 asistimos al discurso aperturista de Nikita Jrushov, que tras  la muerte de Stalin sacude al mundo soviético, con especial virulencia en Polonia y Hungría. El 23 de octubre de 1956 miles de ciudadanos húngaros se manifiestan en Budapest reclamando la apertura del régimen y el abandono del Pacto de Varsovia. La protesta es brutalmente reprimida, lo que da paso a un levantamiento a nivel nacional que finaliza con la invasión del ejército ruso. Más de 3.000 personas pierden la vida en las calles de Budapest en los primeros días del levantamiento en el que será el enfrentamiento armado más violento perpetrado en suelo europeo entre la Segunda Guerra Mundial y la guerra de los Balcanes.

Refugiados en Austria. Primera misión de ACNUR

Entre noviembre de 1956 y enero de 1957 entrarán en Austria 160.800 refugiados, que llegan a la frontera siguiendo la misma ruta hacia la ciudad de Hegyeshalom que tomaron en 1944 los judíos húngaros deportados por los nazis. Pocos recuerdan que Austria, al igual que Alemania, también ha estado dividida e intervenida por las fuerzas aliadas. El país lleva cuatro escasos meses con su soberanía recuperada y las tropas ocupantes apenas se han retirado cuando comienzan a llegar desplazados. Ante ésta situación de vulnerabilidad y conscientes de su incapacidad para gestionar la situación -en ése momento están llegando a un ritmo de 3.000 diarios- Austria  hace un llamamiento de ayuda  a Naciones Unidas en virtud del cual la Asamblea General autoriza la que será la primera misión humanitaria del ACNUR.

En las siguientes semanas se realizan llamamientos y peticiones de emergencia a los veinte Estados miembros en busca de apoyo y solidaridad hacia Austria y los refugiados acogidos. En principio solo se solicita apoyo financiero pero tras la visita del alto comisionado Auguste Lindt a la capital austríaca para evaluar la situación de los desplazados y entender que el país está al borde del colapso se inicia una petición urgente de reasentamiento en terceros países. 

La operación de ayuda de emergencia es coordinada mano a mano con el Comité Internacional de la Cruz Roja y el apoyo de miles de voluntarios de ACNUR en la que será la primera de numerosas colaboraciones entre ambas organizaciones, inaugurando con ésta misión una alianza estratégica que sigue vigente en nuestros días.  

Radio y prensa se hacen eco del clamor popular que exige la apertura de fronteras con un rápido efecto: las propuestas de acogida no tardan en llegar. El 8 de noviembre parte hacia Suiza un tren con 400 refugiados, en días posteriores saldrán más trenes y autobuses con destino Suecia, Bélgica, Países bajos… Para el 28 de noviembre han sido reasentados 21.669 refugiados entre nueve países y para finales de diciembre 93.000 han salido de Austria. En total 37 países alrededor del mundo acogerán a 180.000 húngaros, destacando en especial las acciones de Yugoslavia, Noruega y Suecia.

Yugoslavia fue la segunda alternativa del éxodo húngaro. La Yugoslavia de Tito es el único estado comunista no incluido en el  pacto de Varsovia adherido a la Convención de Ginebra del 51 y opuesto a la doctrina Brézhnev.

Su actitud ante la crisis húngara en un contexto de guerra fría solo puede calificarse como valiente, aunque esto no estuviera tan claro desde el principio. Ante la primera llegada de refugiados el gobierno manifestó la intención de repatriarlos a todos así como la exigencia de recibir compensaciones económicas por las molestias causadas en la frontera, pero finalmente ninguna de éstas pretensiones se llevaron a cabo. En enero de 1957 se contabilizarán 13.000 asilados con plenos derechos en territorio yugoslavo. Nada de esto habría sido posible sin la cooperación del gobierno con ACNUR, la Liga de Sociedades de la Cruz Roja, CARE (Acción Cooperativa para el Socorro estadounidense), el Servicio Mundial de Iglesias y la Sociedad Británica de Voluntarios para la Ayuda a los Húngaros. 

Suecia decide acoger refugiados desde 6 de noviembre sin sopesar si realmente tiene capacidad para hacerlo. El 12 de noviembre 73 niños y 30 madres llegan a la ciudad de Malmo; el 13 llegan cuatro autobuses con hombres. Pero esto no es suficiente para la opinión pública, que presiona al gobierno sueco para que amplíe la acogida. El 23 de noviembre de 1957 la ministra de Ayuda e Inmigración sueca Ulla Lindström habla ante la ONU y dice que “puede ser muy beneficioso admitir a ancianos y enfermos; debe existir una motivación por parte de todos los Estados de ayudar con los casos más difíciles, así como facilitar la integración en el mercado laboral, ya que lo mejor que se puede dar a un refugiado es una oportunidad y un empleo”. A finales de 1958 más de 7.300 húngaros están reasentados en Suecia. 

Noruega en un primer momento se limita  a asignar fondos a la crisis, ignorando el clamor popular que exige otro tipo de medidas, y entrega 70.000 coronas noruegas al Fondo de Ayuda de Naciones Unidas. La cuestión llega al parlamento y en la acalorada sesión del 30 de noviembre se acepta la necesidad de llegar a un equilibrio entre ayudar a los refugiados en Austria y reasentarlos en Noruega, para lo cual se crea una junta de reasentamiento que gestiona la acogida de 1.500 húngaros entre los que se encontrarían enfermos de tuberculosis y sus familias. En los siguientes meses se reubican más de 100.000 personas entre Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Francia. 

El ejemplo de la crisis húngara

Sesenta y tres años después del fin del conflicto húngaro lo único que permanece por encima del esfuerzo común que todas las naciones implicadas realizaron es la transformación del derecho humanitario cuya reforma dotó de universalidad al estatuto de refugiados. La gravedad y la urgencia del éxodo húngaro permitieron que  se abordara sin debates como un problema de refugio y asilo, sin que por ello quedara clara la cuestión legal.

La convención de Ginebra establecía que los beneficios del estatuto solo se aplicarían a solicitantes europeos afectados por acontecimientos anteriores a 1951, pero en la práctica los estados occidentales y ACNUR consideraron refugiados a todos los que abandonaron Hungría posteriormente al 23 de octubre de 1956. La justificación legal de este aspecto corrió a cargo de Paul Weis, asilado austríaco de la Segunda Guerra Mundial y asesor jurídico de ACNUR, que partiendo de la definición del término refugiado demostró en el Memorándum de 1957 que la fecha en la que una persona se convierte en refugiado es irrelevante mientras encaje en la descripción del estatuto. Por lo tanto, en el caso de Hungría, ACNUR era perfectamente competente y los húngaros tenían todo el derecho a solicitar protección. 

Esta modificación se sancionaría posteriormente en el llamado “Protocolo 67” o “Protocolo sobre el estatuto de refugiados” elaborado en 1967 en la ciudad de Nueva York, que completó a la Convención de Ginebra de 1951 eliminando las restricciones temporales y geográficas iniciales.  

Cuesta trabajo imaginar que en una Europa cuajada de traumas, heridas y trincheras frescas pudiera quedar espacio para luchar por la dignidad de varios miles de refugiados del Este, pero lo cierto es que así fue. Lo ocurrido en aquel invierno de 1956 nos recuerda todo lo que somos capaces de hacer como ciudadanía cuando elegimos nuestra humanidad por encima del miedo. 

Dijo la gran filósofa húngara Agnes Heller, después de una vida llena de pérdida, exilio y amor al conocimiento, tras sobrevivir al Holocausto y las purgas estalinistas «creo en algo. Las personas buenas existen, siempre han existido y siempre existirán».

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