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Expulsión exprés de 116 inmigrantes africanos: ¿Con qué derecho?

Miguel Pajares

Miguel Pajares, Escritor y presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado

Los países ricos de occidente seguimos expoliando África. Según informan el Banco Africano de Desarrollo y la entidad norteamericana Global Financial Integrity, el flujo ilegal de salida de capitales de África supera con creces la entrada por inversión y ayudas al desarrollo; pero, en contra de lo que cree mucha gente, la corrupción de los gobernantes africanos supone el 3% de ese flujo ilegal, mientras que las transacciones ilegales de las multinacionales occidentales (facturación fraudulenta en las importaciones y exportaciones, evasión de impuestos…) suponen el 60%. Sólo la salida ilícita de minerales practicada por algunas grandes multinacionales genera una pérdida a África de unos 60.000 millones de dólares al año, según publicaba en el 2012 el Journal of Peace Research.

El acaparamiento de tierras africanas que se realiza desde occidente está limitando sus recursos alimenticios. Como señala la Organización de las Naciones Unidas, los países ricos están adquiriendo grandes extensiones de suelos cultivables y recursos hídricos, y aproximadamente dos tercios de esas adquisiciones se han producido en el África Subsahariana. Casi el 10 por ciento de la superficie total cultivada y el 35 por ciento de las tierras restantes potencialmente cultivables en África han sido ya adquiridas por grandes corporaciones, con más de 70 millones de hectáreas asignadas para biocombustibles. De modo que estamos sosteniendo nuestro excesivo nivel de consumo occidental gracias, en parte, al expolio de las tierras africanas. Por no hablar del expolio de los caladeros pesqueros subsaharianos y del Cuerno de África, que practican las grandes industrias multinacionales del pescado (una de ellas de origen español), con prácticas ilegales como la pesca de arrastre.

La contribución del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial fue decisiva para que occidente pudiera llevar a cabo este formidable saqueo de África. Los programas de ajuste estructural que impusieron a casi todos los países africanos resultaron idóneos, no para el desarrollo de esos países, sino para la penetración de las empresas multinacionales occidentales y su completo dominio de los mercados africanos. Las multinacionales se fueron haciendo dueñas del agronegocio, al tiempo que buena parte de los agricultores autóctonos se arruinaban. Así lo dice Naciones Unidas: “un pequeño grupo de corporaciones multinacionales controlan prácticamente todos los aspectos de la producción de alimentos: desde las semillas, los materiales genéticos, la maquinaria y los agroquímicos, hasta la producción agrícola y el transporte, el procesamiento y la comercialización de alimentos”. La consecuencia más lacerante es el hambre: 224 millones de personas pasan hambre en África (el 22,7% de la población), y éste es el continente en el que más han crecido los datos del hambre en los últimos años. La mayor parte de las personas que pasan hambre en África pertenecen a familias campesinas que perdieron sus tierras.

Y ahora, África está ya sufriendo intensamente los efectos del cambio climático. En la Conferencia Africana sobre Cambio Climático del 2015 se señaló que las sequías en el Sahel y en el África meridional se han intensificado, grandes zonas de bosques y pastizales del África meridional están volviéndose desiertos, la productividad de los cultivos se está viendo afectada, y están desapareciendo fuentes de agua por todo el continente. Según afirma Naciones Unidas, dos tercios de la tierra cultivable de África sufren ya cierto grado de degradación, lo que afecta al menos a 485 millones de personas. El continente africano está soportando con creces los mayores efectos del cambio climático, y lo significativo es que sólo es responsable de la emisión del 3% de los gases de efecto invernadero que lo provocan. Los mayores responsables somos los países occidentales.

Los conflictos bélicos (en Camerún, Chad, Nigeria, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Sudán, Sudán del Sur, Somalia, Eritrea, etc.) de los que huyen muchos africanos tienen bastante que ver con todo lo anterior. Se trata de conflictos que tienen causas diversas y complejas, pero en unos países están relacionados con la competencia por los recursos menguantes que provoca la concentración del agronegocio en manos de las multinacionales, el acaparamiento de tierras y el cambio climático, mientras que en otros lo están con unos minerales que son muy codiciados por las multinacionales occidentales. Y podríamos hablar también del suculento negocio que hacen en esos conflictos las empresas armamentísticas (las españolas entre ellas).

Los jóvenes que salen de África huyen de todo eso. Huyen del saqueo que desde el mundo rico occidental se ha hecho y se sigue haciendo de África y de los conflictos que, en alguna medida, también provoca occidente. Huyen de un sistema que ha permitido aumentar nuestros niveles de consumo en el mundo rico gracias, en parte, a la extracción de riqueza de África, a su empobrecimiento. Así que, ¿con qué derecho nos creemos para darles con la puerta en las narices? Resulta ignominioso oír a algunos adalides de la derecha decir que vienen a aprovecharse de nuestro bienestar y de nuestro sistema de protección social. Si así fuera, tendrían sobrados motivos para hacerlo. Pero ni siquiera eso es cierto, como han demostrado todos los estudios que se han hecho sobre la aportación de la inmigración a la economía y al fisco de las sociedades receptoras.

Y hablando de derecho, podemos también descender un poco a los derechos concretos de esas 116 personas expulsadas de forma exprés la semana pasada, ya que la operación no cumplió con determinados preceptos legales importantes. No se determinó si había menores y quiénes eran, ni se dio opción a pedir protección internacional, ni la asistencia letrada pudo ser la adecuada puesto que los abogados no supieron de la expulsión hasta que se estaba realizando, ni se los devolvió a un país seguro (algo que exigen los tratados internacionales) porque Marruecos no lo es.

Esta vez la actuación del gobierno socialista ha sido triste y lamentable.

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