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Aquarius: un gesto necesario

Héctor Alonso
Héctor Alonso

Héctor Alonso @hdelosrios2

La decisión de Pedro Sánchez de permitir el desembarco en Valencia de las 629 personas rescatadas por el “Aquarius”, el buque de salvamento fletado por Médicos Sin Fronteras, es indiscutible desde el punto de vista humanitario. Previamente las alcaldesas Colau y Manuela Carmena, y Mónica Oltra -las mujeres primero-, habían ofrecido el acogimiento de estas personas, entre las cuales hay más de una docena de niños. Después se sumaron Urkullu y Fernández Vara. La decisión ha sido apoyada por todos los partidos excepto, no podía ser de otra manera, el Partido Popular.

Las horas previas a esta decisión, tras conocerse la oposición tajante del vicepresidente y ministro del interior italiano Matteo Salvini al desembarco de los pasajeros del “Aquarius” en Italia, nos hizo recordar tragedias sucedidas en los años 1978 y 1979, cuando más de 800.000 vietnamitas, los “boat people”, se lanzaron al mar en miles de embarcaciones tras la retirada de Estados Unidos de Vietnam. Miles murieron en el mar, devorados por los tiburones o asesinados por los piratas, y ningún país quiso recibirles. La crisis se solucionó tras la celebración de una conferencia internacional en la que se acordó que Vietnam limitaría el flujo migratorio, los países del sudeste asiático aceptarían temporalmente a los refugiados y los países desarrollados financiarían su manutención, el reasentamiento en sus territorios o la financiación de su retorno a Vietnam. Toma nota, Europa.

Salvini ha celebrado como una victoria la decisión de Sánchez, que ha sido elogiada por la prensa internacional. Cierto que Italia está soportando en solitario la presión migratoria, y esa presión ha sido una de las principales causas de la llegada de Salvini y sus compañeros al poder. Cierto que Europa lleva dando palos de ciego desde el inicio de la crisis de los refugiados, primero con los sirios que huían de la guerra y ahora con los africanos que tratan de llegar a Europa desde Libia. Y cierto que la solución al problema es compleja. 

Europa ha tratado sin éxito de controlar el flujo migratorio: cerrando primero la ruta griega y después financiando al gobierno libio (Italia sobre todo) para que controle sus aguas territoriales. La ruta griega apenas tiene ya relevancia, pero la ruta del Mediterráneo central ha crecido a pesar de los intentos de la Unión Europea de cerrarla.

Libia es un país fallido en este momento, con un gobierno que no controla su propio territorio y con mafias que se han adueñado de las costas y están haciendo un enorme negocio: secuestran, chantajean, maltratan, compran y venden e incluso alquilan e intercambian migrantes. 

Argumentos falaces

Los que se oponen a la decisión del gobierno español dicen que servirá para atraer a más migrantes (“efecto llamada”) y que la mayoría de los que van en ese barco, los que ya han llegado (o muerto) o que tratarán de llegar a Europa en el futuro, son migrantes económicos, no refugiados. Ambos argumentos son falaces: aunque el Aquarius los llevara de vuelta a Libia muchos lo intentarían de nuevo -ya lo han perdido todo- a pesar de saber que la posibilidad de morir en el mar es muy alta. 

El segundo argumento es también falaz: muchos son eritreos, somalies y afganos, así como nigerianos y libios. No huyen sólo de la pobreza, sino de la violencia y la guerra. Otros son lo que ahora empieza a conocerse como “refugiados del cambio climático” o “migrantes ambientales”: más de 60 millones de personas viven en áreas que llevan años sufriendo una larga sequía que ha provocado la desertización de enormes áreas, como la región del lago Chad, que ha perdido en las últimas décadas más del 85 por ciento de su superficie, condenando al hambre a más de 20 millones de personas de Níger, Nigeria, Camerún y Chad. 

Conviene recordar, por cierto, que Europa no es el principal destino de los refugiados del mundo. Un sólo país, Uganda, ha acogido en su territorio a más de 1,3 millones de refugiados en apenas dos años, todos huidos de las guerras que están asolando sus países. También hay que recordar que la mayoría de refugiados del mundo han sido acogidos en países de ingresos medios o bajos: más de 3,2 millones tan sólo en 2016 (informe Mid-Year Trends 2016, ACNUR). 

Urban y Ciudadanos

Como decíamos al principio, la decisión del gobierno español ha sido irreprochable y, como trataba de explicarle ayer al eurodiputado Miguel Urban en un intercambio de tuits -calificó como “voluntarismo” que genera “precedentes peligrosos” esta decisión, aludiendo a otro barco con más de 700 personas rescatados por la guardia costera italiana que también esperaba puerto para desembarcarlos-, lo importante, en este momento, es salvar esas vidas. Las reuniones vendrán después. Urban aseguraba en otro tuit que “el derecho internacional al refugio y la política migratoria europea no pueden depender de buenos gestos”. Curiosamente, el mismo argumento que esgrimió Ciudadanos: “la política migratoria europea no puede estar en manos de decisiones excepcionales de un país u otro”. 

Yo, sin embargo, creo que sí: son los buenos gestos los que pueden iniciar el cambio de las políticas. Hay que mover ficha.

Por cierto, Urban debería saber que esos otros 700 migrantes iban a bordo de un buque de la Armada italiana, obligado por ley a desembarcarles en Italia, concretamente en Catania, según las últimas noticias. 

Mientras escribo esto, parece que la odisea del “Aquarius” finalizará con el traslado de los refugiados a Valencia. Bienvenidos.

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