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Sin las mujeres el mundo se para

MªAngeles Rodriguez Arenas
M. Ángeles Rodriguez Arenas

M. Ángeles Rodríguez Arenas*

Un año más el día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, nos permite visibilizar las desigualdades que las mujeres sufren en todos los ámbitos de la vida y la necesidad de seguir luchando para conseguir que los derechos humanos sean realmente para todas y cada una de las personas, independientemente de su sexo.

Hasta hace unos años los organismos internacionales, y en concreto ONU Mujeres, marcaban el ritmo de las reivindicaciones del Día Internacional de la Mujer, lanzando lemas y focalizando el interés de ese día en algún tema importante por el que trabajar. Aunque sigue siendo así, algo ha cambiado, el movimiento feminista ha tomado las riendas y ha lanzado un llamamiento internacional a la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres, llevándola a la calle y haciéndola más visible y más real, para que no se quede en una mera suma de fotos y carteles a nivel institucional y en manifestaciones que, según dónde y cuándo, pueden ningunearse en los medios de comunicación.

El año pasado, ONU dedicaba este día al mundo laboral, pero para el movimiento feminista era más importante visibilizar el horror de la violencia machista y, con su lema Ni una menos convocó a un paro internacional de las mujeres, que si bien tuvo un seguimiento desigual, supuso un punto de inflexión en la forma de reivindicar  un mundo más justo para las mujeres.

Este año, el lema de ONU Mujeres Ahora es el momento: las activistas rurales y urbanas transforman la vida de las mujeres, quedará de nuevo difuminado por el que el movimiento internacional de mujeres ha lanzado: Sin las mujeres el mundo se para, llamando a un paro general en todas las esferas de la vida: la laboral, reivindicando un acceso igualitario al trabajo remunerado y la desaparición de la brecha salarial; la estudiantil, pidiendo que el espacio educativo sea el lugar donde se provoque la transformación social necesaria para que niñas y niños crezcan libres e iguales; de consumo, luchando por un consumo alternativo que respete los derechos y las vidas de las mujeres y que tenga como base la sostenibilidad de la vida;  y de cuidados, reivindicando el reconocimiento y la redistribución del trabajo de cuidados como un bien social de primer orden.

Es hora de decir “basta”

Es hora de decir basta y de acabar con todas las desigualdades que soportan las mujeres en todas las vertientes de su vida. Ese es un trabajo arduo, pues el camino por recorrer aún es largo y no está exento de obstáculos y los frentes abiertos son muchos, pero es inexcusable enfrentar esa tarea.

El sector de la salud no es ajeno a esa situación de desigualdad y quienes trabajamos en él no podemos quedarnos al margen de la lucha contra esa injusticia. Desde los años 70 se viene haciendo un llamamiento internacional para integrar el enfoque de género en la salud. Actualmente, a partir de las directivas de la Unión Europea, de las recomendaciones emanadas de las Conferencias Internacionales de Naciones Unidas, de las estrategias sobre salud y género de la Oficina Regional Europea de la OMS, se está incorporando el enfoque de género en las políticas de salud pública y en las investigaciones biomédicas. En España, la Ley 3/2.007 para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres es actualmente el marco de referencia para integrar la igualdad de género en las investigaciones y programas de salud.

El sector salud debe enfrentarse a los sesgos de género que han sido una constante en su devenir. La investigación médica, como otras, ha tenido siempre un enfoque androcéntrico, de manera que tanto la fisiología, la farmacología, como la patología se estudiaron teniendo a los hombres como ejemplo, como norma, para después extrapolar los resultados observados a las mujeres, como si los hombres fueran un género neutro. En un supuesto afán protector, las mujeres han estado fuera de los estudios y ensayos clínicos cuyos resultados, posteriormente, se aplicaban a ellas. En realidad, detrás de esa situación también se encontraban razones como la de simplificar esos estudios (menor variabilidad y complejidad) y, por tanto, reducir sus costes.

Desigualdad de género y salud

Pero los sesgos de género no se presentan exclusivamente a nivel de investigación, sino que se han observado también en la atención sanitaria, incluido el esfuerzo terapéutico. Por ejemplo, sabemos hoy que las enfermedades cardiovasculares son una importante causa de morbi-mortalidad femenina. No reconocer este hecho ha retrasado la búsqueda de tratamiento y el diagnóstico entre las mujeres. La identificación de diferencias de género en las enfermedades cardiovasculares permitirá formular estrategias de promoción de la salud y prevención más eficaces, que a su vez redundará en mejoras de la salud de la mujer.

Temas recurrentes como las quejas que hacen las mujeres en consulta se atribuyen exclusivamente a problemas psicológicos o psicosomáticos y quienes las atienden optan por tapar la queja con medicación (analgésicos, ansiolíticos, tranquilizantes, etc). Así, las mujeres son las principales consumidoras de estas sustancias y se ha descrito que el personal médico prescribe estos tratamientos más a las mujeres que a los hombres ante la misma intensidad de los síntomas. Es fundamental que se desarrolle adecuadamente el estudio de la morbilidad diferencial, para diagnosticar y tratar adecuadamente todo este tipo de patologías y evitar la medicalización innecesaria de las mujeres.

La medicina, tanto en su vertiente de atención sanitaria, como en la investigación, tiene que considerar siempre los determinantes psicosociales de género y la vivencia subjetiva de las personas en los procesos de salud y enfermedad, cuestionando los paradigmas biomédicos clásicos de las enfermedades y evitando la visión androcéntrica, para ofrecer nuevos marcos teóricos y propuestas para una práctica clínica mejor y más justa.

Y la violencia machista

Otro problema fundamental para la salud de las mujeres es la violencia machista. La violencia anula la autonomía de la mujer y mina su potencial como persona y miembro de la sociedad. Además, tiene graves consecuencias para su salud, afectando a diversas áreas de la misma en todas las fases de la vida. Sabemos que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia alguna vez en su vida, la mayoría a manos de sus parejas. En España conocemos la cifra de la vergüenza que nos dice que cada semana una mujer es asesinada por su pareja o expareja, sin embargo, desconocemos cuántas mujeres más mueren como consecuencia de las lesiones reiteradas, pero no en el acto de violencia, como tampoco conocemos el número de mujeres que quedan padeciendo diferentes niveles de discapacidad a causa de las lesiones sufridas. Tampoco se conoce la magnitud de las secuelas provocadas por la violencia sexual y psicológica.

Pese a la magnitud de este problema, a su gravedad y al impacto que provoca sobre los servicios sanitarios, una gran parte del personal sanitario reconoce no saber cómo abordarlo, ya que la violencia machista sigue siendo un tema no tratado en las facultades de medicina. La ONU reconoce que aún  hay mucho por hacer para asegurar que el conocimiento sobre cómo abordar y prevenir la violencia contra las mujeres se incluya sistemáticamente en los estudios de pregrado de medicina, enfermería, matronas y salud pública, y en la formación continuada.

El sector salud debe reflexionar sobre su forma de actuar en relación a la salud de las mujeres y hacerlo desde una perspectiva de género. Es inaceptable que las mujeres sigan soportando desigualdades de género en salud –ni en ningún otro ámbito de su vida- en pleno siglo XXI.

 

*Dra.M.Ángeles Rodríguez Arenas, Científica Titular de OPI. Escuela Nacional de Sanidad-Instituto de Salud Carlos III
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