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Rescate en el infierno del Mediterráneo con Proactiva Open Arms

 

Óscar Hugo Martín del Barco, médico de familia y cooperante

Un año después de mi experiencia con Proactiva Open Arms (ONG con sede en Badalona) vuelvo a la frontera sur de Europa, a las costas de Libia, un verdadero infierno en el que en 2016 perdieron la vida 5.079 personas y otras 3.116 en 2017, aunque los que hemos trabajado aquí sabemos que las cifras son mucho más altas. Las cifras oficiales sólo cuentan los cadáveres encontrados.

El Mediterráneo Central continúa siendo el punto más caliente para los migrantes que huyen de la guerra o de la pobreza de África.

En 2017 trabajé a bordo del Golgo Azurro, barco que en su día fue detenido durante unas horas en la costa de libia por parte de los temidos guardacostas libios. Era un barco alquilado y actualmente ya no forma parte de la flota de la ONG, que cuenta ahora con el velero Astral y el Open Arms, un antiguo remolcador cedido por el servicio de salvamento marítimo español y posteriormente restaurado para convertirse en un barco de rescate.

Embarqué en la misión 41 de la organización, que desde 2015 ha rescatado 57.718 personas, primero en Lesbos y ahora en el Mediterráneo Central.

Las rutas del Mediterráneo siguen cambiando, sobre todo desde la firma del  “acuerdo de la vergüenza” entre la UE y Turquía en marzo de 2016.  Por ese acuerdo toda persona que llegara de manera irregular a las islas griegas sería devuelta a Turquía, solicitantes de asilo incluidos. A cambio Turquía recibiría 6000 millones de euros, un país que no ofrece protección real a los refugiados.

El Acuerdo ha hecho que más de 12.000 personas se encuentren atrapadas en las islas griegas en condiciones inhumanas, dramáticas e inaceptables, y ha hecho que la ruta de la migración cambie. Ahora salen de Libia para tratar de llegar a Italia, aunque también ha aumentado la llegada de pateras a España.

Los primeros días de la misión permanecemos en el puerto de Malta. Estos días sirven para conocernos, nuestro barco es antiguo y necesita pequeñas reparaciones, de lo que se encarga un equipo de maquinistas profesionales. De doce embarcaciones de voluntarios que llegaron hace dos años apenas quedamos tres, una de ellas pendiente de juicio por no firmar un código de conducta que estableció el año pasado la UE para trabajar en estas aguas y por acusaciones de traficar con seres humanos.

Primera semana

Proactiva Open Arms

Después de unos días de incertidumbre partimos hacia la frontera de libia, a trabajar en el límite de las aguas jurisdiccionales, a 24 millas de la costa (unos 38 kilómetros). El año pasado se llegaba hasta las 12 millas, el límite de aguas territoriales, pero el aumento del control estricto de la zona por parte de los guardacostas libios, que ya son financiados gracias a los acuerdos con la UE e Italia, hacen que la zona de rescate se encuentre ahora más lejos.

Los barcos de Proactiva y de otras ONG han sufrido disparos al aire, amenazas y presiones para abandonar esas aguas. Libia, un país que no firmó la Convención para los Refugiados, es el encargado de controlar su flujo. Rescatan a los migrantes de forma poco ortodoxa y les encierra en cárceles: 200.000 personas en 2017, según datos de Amnistía Internacional.

Nuestra ruta consiste en una zona al este de libia, entre Trípoli y Alkhums, realizamos la travesía diariamente. El año pasado cuando trabajé con Proactiva en la zona oeste de Libia engañaban a los migrantes diciendo que las plataformas petrolíferas que se veían enfrente de la costa correspondía a su sueño anhelado, Europa. En la zona oeste no existen estas plataformas, pero suben igualmente engañados cuando los traficantes deciden que ya no les alimentan después de sacarles lo que tienen. Tampoco les dicen que no llevan combustible suficiente para poder llegar a Italia, como máximo uno o dos días de travesía. Si no hay rescate, nunca llegarán a Italia.

Las embarcaciones en las que suelen viajar después de pagar entre 800 y 1.000 euros son de dos tipos: las rubber boat (barcas de goma) con capacidad entre 30 y 200 personas, y las wooden boat (barcazas de madera), donde viajan entre 150 y 980 personas, son bastante inestables y en las que han acontecido auténticas tragedias en estas aguas.

Al día siguiente de llegar a nuestro lugar de trabajo en la zona SAR (búsqueda y rescate, por las siglas en inglés) con observación continua del mar, a las 8 de la mañana nos avisan de una barca a unas 20 millas de nuestra posición. Normalmente el aviso llega desde Roma. Se preparan y se lanzan dos rhib, dos lanchas rápidas de salvamento, cada una de ellas con un patrón y dos socorristas hacia una de las “pateras de la muerte”. El acercamiento a estas barcas es tenso, complicado,  tratando de que no sean presas de la ansiedad y las prisas. “No somos libios” y “niños y mujeres primero”, es lo que decimos. No podemos perder una sola vida.

Los socorristas te cuentan que a veces los hombres quitan a las mujeres los niños de las manos para poder ser rescatados los primeros, de barcas que a veces tienen muertos sobre la cubierta.

En esta intervención rescatamos a 101 personas, de ellas 24 son mujeres, dos embarazadas. La edad oscila entre los 18 y los 21 años, aunque el mayor tiene 36 años. Uno de los pasajeros fue amputado. En Libia le extorsionaron a cambio de un rescate que debía pagar su familia. Como sólo pagaron la mitad, los traficantes le cortaron una pierna.

Oscar Martin reconoce con ultrasonidos a Ayaan Abukar Sabriye, de 22 y somalí, embarazada. Foto: Olmo Calvo

Hay un joven de 22 años, cuya madre pensaba que había muerto hace al menos un año. Desde el Open Arms le ponemos en contacto con ella. La escena es impactante, emocionante, sobrecogedora.

Cuando suben al barco vuelvo a recordar las caras de pánico y desconfianza de hace un año: miran con temor la bandera libia que llevamos para acercarnos a la zona SAR. Han vivido un auténtico infierno de las cárceles de libia. Muchos llevan años viajando, incontables quedaron en los desiertos, y el cien por cien de las mujeres han sido violadas. También ellos han sido violados, maltratados, disparados.

Nuestro trabajo como sanitarios comienza cuando después de instalarse en la cubierta del barco con una manta, ya han podido recuperar algo de calor. Atendemos alguna hipotermia leve, consecuencia del tiempo que llevan en el mar, a un joven con probable desnutrición. Todos tienen sarna. No he visto las temidas quemaduras químicas producidas por el combustible de las pateras. Intentamos que estén arropados, les preparamos comida, les cuidamos hasta transferirles a un guardacostas italiano por la noche. Les queda un largo recorrido para saber si se podrán quedar en una Europa que no les quiere.

Segunda semana

Nuestra segunda semana es más complicada, con un temporal de olas de 3-4 metros durante 48 horas. Se nos acerca una patrullera libia que nos pregunta por radio que qué hacemos aquí. Contestamos que somos una ONG que se dedica a rescatar refugiados en aguas internacionales.  Como si no lo supieran después de dos años trabajando en la zona de rescate.

Otra noche otro barco militar nos piden que mantengamos una distancia con ellos. En la zona hay una misión de la OTAN con buques militares europeos. Otro día los compañeros avistan al amanecer un rubber boat ardiendo sin personas.  Pensamos que puede ser una de las dos pateras por las que el día previo se activó al Aquarius, el barco de salvamento de SOS Mediterráneo que vigila en la zona oeste ¿No pudo llegar hasta ellas? ¿Lo interceptaron los guardacostas?

Para uno que no es marinero el control me parece muy estricto, al final esto parece una lucha entre los barcos militares, los libios y nosotros, ya que solamente se nos avisa desde Roma si los botes llegan a aguas internacionales, sino no lo hacen. A los marineros profesionales, los maquinistas, oficiales y el capitán, esto les ha cambiado completamente la vida. Te cuentan lo que ha supuesto para ellos formar parte de este grupo de salvamento. Un capitán que sigue llorando cuando las rhib llegan al barco en cada rescate.

La UE debería proporcionar vías seguras y legales para que los solicitantes de asilo pudieran llegar a los países europeos, como la reagrupación familiar, la reubicación, conceder visados humanitarios y abrir pasillos humanitarios. Asistimos a una abdicación de los países europeos en la crisis humanitaria más importante desde la segunda guerra mundial, a una vulneración del artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Un año después sigo sin dar crédito a lo que acontece en la tumba del Mediterráneo: más de diez mil muertos en dos años y medio, y 4.000 millones de ingresos anuales para los traficantes. Es importante que sigamos allí: una sola vida es importante, por lo que hay que permanecer en el mar.

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