La erradicación de la polio como ejemplo en la lucha contra la COVID-19

Héctor Alonso

Tras cuatro años sin ningún caso en África, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha certificado la erradicación de la poliomielitis por virus naturales (conocidos como «salvajes») en el continente. En América ya se había erradicado en 1994, en la Región del Pacífico Occidental en el año 2000 y en Europa en 2002: el último caso se registró en España. En 2014 se certificó que ya no había casos en la Región de Asia Sudoriental, por lo que tan solo quedan dos países en el mundo donde se siguen registrando casos: Pakistán y Afganistán. Más del 99 por ciento de la población mundial vive en países donde la enfermedad ya no existe.

Desde la aprobación del uso de las vacunas de Salk y Sabin (1955 y 1962, respectivamente), se han salvado millones de vidas y evitado el sufrimiento para muchos millones más de personas y la noticia no podía llegar en mejor momento: en estos momentos varias vacunas contra el virus SARS-CoV-2, el coronavirus que produce la enfermedad por COVID-19 -23,8 millones de casos y casi 82.000 muertos en todo el mundo- están en fase de ensayo clínico, con el mundo expectante.

La noticia de la erradicación de la polio en África debería bastar para condenar al ostracismo a los movimientos anti-vacuna y a los conspiranoicos, muy activos en los últimos tiempos. La sociedad debe tomar nota de la irresponsabilidad de las afirmaciones de estos grupos y de algunos de sus líderes y portavoces arrojándoles a la cara los datos que demuestran que las vacunas no solo son útiles, sino necesarias. El esfuerzo global que ha hecho la Humanidad para erradicar esta enfermedad es un ejemplo para erradicar otras enfermedades o para luchar contra la pandemia de la COVID-19.

En España, los que tenemos ya unos años, recordamos a niños de nuestra edad o un poco mayores, con secuelas de la polio. España fue, precisamente, el último país europeo donde se consideró erradicada la enfermedad, en 2002. El último caso autóctono fue en 1988 y el último caso registrado en 1999. Es inevitable recordar a Rafael Nájera, responsable de la erradicación en nuestro país tras asumir la dirección del Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología Sanitarias. Nájera está ahora convaleciente de COVID-19, y ha perdido a su mujer por la enfermedad. En una entrevista aseguraba no entender cómo hay padres en los países ricos que se niegan a vacunar a sus hijos, cuando además las vacunas son gratuitas, mientras que en países pobres la gente camina decenas de kilómetros para llevar a sus hijos a los puntos de vacunación, enfrentándose incluso a graves riesgos en zonas de guerra.

En España se tardó más en erradicar la enfermedad porque la primera vacuna, la de Salk, no estaba financiada por el Estado. El gobierno de Franco se negó y la mayoría de la gente no podía pagar su coste, a pesar de que Salk había renunciado a patentarla. La erradicación llegó gracias a la vacuna oral de Sabin.

Este triunfo casi definitivo contra la polio, igual que la erradicación de la viruela, es un hito histórico. También demuestra, como advirtió Nájera en una entrevista, que la lucha contra las enfermedades epidémicas tiene que ser global. De poco sirve erradicar una enfermedad infecciosa en nuestro país o en los países de nuestro entorno si sigue extendiéndose en los países pobres. Los virus, ya es un tópico, no conocen fronteras. El virus de la COVID-19 o se vence en todos los países del mundo, o no se erradicará nunca.

 

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