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En uno de los ébola check point camino de Kabala

Persiguiendo al ébola en Sierra Leona

Persiguiendo al ébola en Sierra Leona
Alejandro Martín Marero, Medical Officer de Médicos del Mundo en Koinadugu (Sierra Leona)

Distrito de Koinadugu, Sierra Leona. Es allí donde he estado trabajando la mayor parte del tiempo hasta hace unos días, cuando volví a Madrid. Partí el 1 de julio con un contrato de Médicos del Mundo (MdM) que en principio iba a ser por 3 meses, pero que se extendió hasta el 15 de noviembre pasado, para trabajar en uno de los denominados Holding Centres: los centros a los que se derivan pacientes que, por presentar ciertos síntomas y signos y por su historia reciente, son considerados casos sospechosos de estar infectados por el virus del ébola. Los ya de por sí precarios recursos sanitarios en el país antes de la llegada de la epidemia de ébola en 2014, así como las devastadoras consecuencias de la Guerra Civil que lo asoló de 1991 a 2001, hacen muy vulnerable a su población, tanto en lo que se refiere a la Salud Primaria como a la presencia de brotes epidémicos como el actual. Es por esta razón por la que muchas ONG han estado trabajando –y siguen haciéndolo- en este país.

En uno de los ébola check point camino de Kabala

El Distrito de Koinadugu es uno de los más olvidados. Se encuentra al norte, lindando con Guinea Conakri, que es de donde precisamente llegaron muchos de los casos importados de ébola. Aunque recientemente Sierra Leona fue oficialmente declarada libre de la epidemia, lo cierto es que casos aislados y esporádicos aparecieron hasta
hace no mucho tiempo.

Es en el poblado de Kasumpe, a unos 20 minutos en coche desde Kabala, donde estaba situado el Holding Centre en el que trabajé, junto a una enfermera -expatriada también- y personal local, enfermeros e higienistas. Como médico debía supervisar que el personal local hiciese correctamente sus tareas, les daba clases monográficas sobre temática sanitaria y, sobretodo, debía atender a los pacientes que admitíamos en el Centro. En general nos llegó un número relativamente discreto de éstos, pero afortunadamente el estar allí me permitió diagnosticar y tratar – o al menos brindarles un primer abordaje terapéutico de urgencia- casos como una neumonía grave, una infección vaginal post-aborto, malarias graves que no llegaron a complicarse o una más que probable úlcera péptica que seguramente, en otro
contexto, habría podido terminar generando un abdomen agudo.

Llegada de un paciente a la zona de triage. Kasumpe Holding Centre

El principal problema a la hora de atender directamente a estos pacientes era el hecho de que lo hacíamos dentro de la denominada Red Zone, una vez pasada el área de triage. Dentro de este tipo de zona el equipo debe atender al paciente con el traje especial de seguridad, el “Personal Protection Equipment” (PPE). Ello significa que, aparte de que no puedes introducir instrumentos o herramientas como estetoscopios, esfingomanómetros, ecógrafos portátiles u otros –con excepción de termómetros, que posteriormente se han de quemar- y de que obviamente no puedes hacer radiografías u obtener muestras de sangre para analíticas básicas, tus únicas armas diagnósticas han de ser la realización de una buena anamnesis (que no siempre es posible), tu “ojo clínico” y tu habilidad explorando al paciente. Las muestras de
sangre que se recogían se enviaban a un laboratorio especializado del Hospital de Makeni, situado a dos horas del Centro, que es donde llevaban a cabo el test para descartar infección por el virus del ébola. Al paciente no se le puede dar el alta hasta que no se tengan los resultados. En caso de ser positivo –que no llegó a ocurrir en nuestro Centro- se le derivaba a un “Ebola Treatment Centre” (ETC), como el que había en la localidad de Makeni. Si era negativo y el paciente estaba asintomático tras la llegada del resultado, se le enviaba a su domicilio –con las recomendaciones y eventualmente tratamiento oral pertinente, así como un Certificado especial- o se le derivaba al Kabala Government Hospital para continuar estudio y continuar o instaurar tratamiento específico en caso necesario.

No menos estimulante para mí dentro de este trabajo, y aunque haya sido de manera coyuntural, fue el haber podido sospechar –por la historia clínica y la exploración física- una tuberculosis secundaria a SIDA en una de nuestras higienistas. La envié al hospital de Kabala, en donde confirmaron ambos diagnósticos, y dio negativo para sífilis. Afortunadamente tanto las pruebas diagnósticas como los tratamientos antirretroviral y antituberculoso son gratis en el país. La higienista, de sólo 25 años de edad, tiene un hijo de cuatro años, al que también envié al hospital posteriormente. Resultó negativo para la infección por VIH y para tuberculosis.

La segunda quincena de septiembre estuve dos semanas de vacaciones en Madrid. A mi vuelta y ya en Freetown, la capital, me encomendaron el atender a los niños menores de cinco años que estaban acampados con sus familias en uno de sus estadios, el Siaka Stevens. Pocos días antes hubo unas importantes inundaciones que obligaron a refugiar a miles de habitantes de barrios muy deprimidos en estos estadios. Personal de varias ONGs internacionales y locales estaba allí para asegurar que las familias tuviesen un mínimo de condiciones dignas de agua y saneamiento, comida y colchones donde dormir. Me resultó la experiencia bastante impactante.

Mi estancia en Freetown fue de sólo tres días, porque de inmediato me enviaron a la localidad de Kumala, en donde MdM tenía un Campamento Base próximo a un Holding Centre. El propósito era atender a pacientes supervivientes del ébola, en el sentido de hacerles una revisión médica general -que era mi cometido-, darles una atención psicosocial y, sobretodo, hacerles una exploración oftalmológica para descartar que tuviesen acantonado el virus en el globo ocular. De los 45 pacientes que habían accedido a acudir para ello los días 6, 7 y 8 de octubre, 40 se presentaron. Sólo uno de ellos, una niña de 10 años, padecía la uveítis consecuencia de la infección por el virus. Ya desde el diagnóstico se le empezó a administrar tratamiento tópico.

El brote de ébola en Sierra Leona obligó a MdM a aparcar temporalmente los proyectos de desarrollo que llevaba varios años desarrollando.  En estos momentos, sin embargo, con la situación bajo control, MdM los está retomando. Concretamente, estuve participando en uno sobre empoderamiento en salud de comunidades remotas, para lo que debía formar primeramente, sobre el terreno, a los Community Health Officers (CHO), agentes sanitarios que trabajan en algunas de las Unidades Periféricas de Salud, los Peripheral Health Units (PHU). A continuación, los CHOs, una vez formados, impartieron formación a los Community Health Workers (CHW) de localidades como Nanah, Sinkunia, Gbindi y Fulamansa, la última lindando ya con Guinea Conakry. En este sentido mi papel era el de asesor médico, con lo que
corregía, ampliaba o enfatizaba detalles expuestos por el CHO. Era un trabajo arduo, en especial por la dificultad del terreno para acceder a esas remotas comunidades y por el hecho de que, por regla general, al menos un 50% de los CHWs eran analfabetos.

Meses antes habíamos hecho una ruta por todas las comunidades en donde se iban a impartir la formación sanitaria. En uno de ellos, concretamente en el PHU de Sinkunia, estaban tratando a dos niños con úlceras en piernas que el CHO consideraba eran “úlceras tropicales”, pero que a mí me parecieron más bien úlceras de Buruli, relativamente endémicas en varios países de África Occidental. Así mismo, junto con el CHO, estando en el PHU pude reanimar a un bebé que había aspirado meconio durante el parto, lo que obviamente me alegró mucho dados los escasos medios instrumentales con los que disponíamos.

Creo que la formación en Medicina Familiar y Comunitaria es la que ofrece el mayor abanico de herramientas para el médico que desee trabajar como cooperante. El manejo de la incertidumbre inherente a nuestra profesión -y más aún en nuestra especialidad- supone, al menos para mí, uno de los principales alicientes añadidos en este sentido. Por supuesto, el otro tiene que ver con lo afortunado que me siento sencillamente por trabajar en este tipo de entorno y con las poblaciones y colectivos humanos a los que creo puedo aportar lo mejor como profesional y como persona.

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